domingo, 26 de noviembre de 2017

De quién se viste por los pies

Decía Ray Loriga que la memoria es como un perro: le tiras un palo y te trae cualquier cosa. 
Cuando era pequeña siempre era la primera en levantarme. Igual que ahora. Fueran las 7, las 6:30, las 7:20. Si abría los ojos y entraba una pizca de luz por la persiana me levantaba.
Lo primero que hacía era ponerme los zapatos, con pijama y todo. Entre semana llevaba las bambas de mis primos así que el fin de semana podía ponerme los únicos zapatos que tenía. Me hacía tanta ilusión que saltaba de la cama e iba a buscarlos, guardados en su caja con su papel blanco encima. Unos zapatos azul marino de punta redonda y hebilla al lado. 
Me encantaba el "clac, clac" que hacían las suelas al tocar el suelo.
Así me sentaba en el sofá a ver dibujos hasta que mi madre, al poco rato, venía a preparar el desayuno y me encontraba en pijama, con las gafas llenas de huellas de dedos y los zapatos puestos, impecables. 

jueves, 6 de julio de 2017

EL DÍA ANTES

Raquel me ha preguntado si sufrí mucho en el parto y le he dicho que no. Que fue un parto de libro. Llevo toda la mañana recordando aquel 6 de julio de hace 13 años y aunque pasa el tiempo y no se me olvida ningún detalle me da miedo que los recuerdos se difuminen con los años. 
Me he despertado esta mañana a las 6:00, la misma hora de aquel día. Me crucé con mi padre en la cocina antes de que se fuera a trabajar y le dije poniéndole la mano en el hombro: "Me parece que se te ha acabado el chollo, abuelo."
El día anterior nos hicimos la única foto que tengo con él estando embarazada. Fue por la tarde, rápido, de cualquier manera, posando agarrados en mitad del comedor. No es una foto de esas que se enmarcan pero le tengo un cariño especial. Llegamos por los pelos. Como casi siempre.

Mi madre se levantó al poco y en cuanto le dije que no me encontraba bien empezaron sus nervios. Casi no me dejó ducharme y preparar mis cosas. Salimos zumbando hacia el hospital y ese día pensé que de verdad no llegábamos. Le pregunté si quería que cogiera yo el coche y vamos, ni hablar. Creo que se indignó un poco y se le caló. Y me paró la música. No sé porqué hace eso. Siempre que se pone nerviosa y no atina corre a bajar el volumen y luego para la radio y después me regaña porque me río y ella sólo sabe agitar las manos y hablar muy deprisa. 

Llegamos, claro." Ah, pero su hija no está para parir. Ni de broma."
No jodas. Que no me encuentro bien. 
Nos enviaron a casa. Me dijo una comadrona o enfermera, con socarronería, que yo estaba muy bien. Demasiado bien. Y que me quedaba muuuucho para ponerme de parto.
Desayunamos en casa y yo iba a parir. No tenía contracciones, no rompí aguas, pero de que iba a dar a luz estaba bien segura.
Esta vez sí que me dieron habitación gracias a mi ginecóloga, Alba Prim. Una mujer de unos 35 años, alta y delgada, rubia, con unos ojos grandes y alegres. Me gustó su seguridad. Su manera de caminar y de darme la mano. Decidida. Y me gustó su nombre. Alba. Amanecer, principio, comienzo.
A mí madre, obvio, la conoce -y aprecia- todo el hospital de Figueres. Me dieron una habitación de cagarte. Comida a escoger y postres para endulzarme el trago.
He de decir que me lo pasé bomba. Paseé por los pasillos para dilatar. Vi la tele mientras comía galletas. Estuve de charla con las compañeras de mi madre que subían a saludarme y sobre las 17 h se me fue acabando el cachondeo.
Ahora sí dolía. Ostia si dolía. 
Estaba en la habitación con mi madre y la que era mi suegra, Eli. Les pedí que avisaran a alguien que me dolía un cojón y aunque no hiciera aspavientos ni me quejase en voz alta, por dentro me estaba rajando, literalmente.
La comadrona del demonio, que yo no sé que carajo le pasaba conmigo, me soltó que hasta que no me viese llorar no se iba a creer que estaba de parto.
"Vuelve cuando tenga a la niña en brazos porque no voy a echar ni una gota" 

Estaba enfadada. Me dolía la vida. Y esa mujer me sacaba de quicio con sus comentarios.
Subió Alba y me metió la mano casi sin saludar. Joder. Que estaba dilatada de 7 cm. Que me bajasen a la sala YA.
No me dio tiempo ni a mear.
Subió un celador y me tumbó en la camilla. Mi madre y Eli ya estaban como dos magdalenas, con el pañuelo en la mano y su par de lágrimas cayendo. 
Ay, me daba cosa verlas así porque yo estaba la mar de pichi. Contenta. Tranquila. Era una de esas certezas que he tenido a lo largo de mi vida. Todo iba a salir bien. 
Les sonreía, pero aunque me devolvían la sonrisa, las dos estaban más blandas que un puré.
Me cogieron la mano, me besaron, me decían que era muy valiente, que en nada nos veríamos, que todo estaría bien. 
Vaya dos prendas. Me consoloban a mí para consolarse ellas. Pero yo no necesitaba eso. Me bastaba con tenerlas ahí. A ellas dos. Eso quería y eso tuve.
Cuando el camillero se me llevaba para abajo, las dos salieron a la puerta a decirme adiós como si me fuera a embarcar en el Titanic y yo me entonces me acordé: Ostia, el tanga. 
No iba a bajar a la sala de partos así. Es que no era muy discreto que digamos y vaya, podía haberme puesto algo más serio pero como no tenía, pues nada, salí con lo puesto y me daba más vergüenza ir con él que ir sin nada. 
Metí la mano debajo de la sábana, me quité el tanga como buenamente pude, hice un gurullo con él y se lo lancé a mi madre. 
Parecía una rata muerta volando hacia su cabeza. ¡Zas! Lo pescó al vuelo y entonces sí rieron las dos. 
Mi madre lo guardó en su puño mientras negaba con la cabeza: Que loca estás, hija mía... 
Me encantó verlas reír antes de despedirnos.
Cuando estaba en la sala de partos llegó Luis. Corriendo, asustado. No sabía qué hacer, dónde colocarse, qué decirme. Me dio la mano, yo me retorcía callada, me incorporaba de la cama y me doblaba. Vinieron a romperme la bolsa y sentí que me meaba encima. Luis me miraba con dos ojos como platos y me decía que respirase. ¿Hola? ¿Crees que iba a soportar esto sin respirar? Realmente lo pienso y me enternece. Estaba cagado. Más que yo.
Su mano seguía en la mía, una mano blanda y dudosa. 
Me agarré a su camiseta y le dije: Apriétame fuerte Luis, estrújame la mano como si me la fueras a romper porque sino no me puedo olvidar del dolor de las contracciones. 
Y me apretó. 
La doctora Alba Prim ordenó que me tumbasen en ese trasto incomodísimo que te deja las piernas colgando y la espalda arqueada. Me dijo que era hora de empujar. 
Recuerdo que Luis se puso a mi lado y le dije delante de la doctora, la comadrona y una enfermera: Si me cago y no me entero, por tu vida, dímelo. 

Dios mío, lo pienso ahora y me muero de la risa. Máxima preocupación. Eso es herencia de mi vieja.
Empujé como una bestia durante 15 o 20 minutos. Me preguntó Alba si quería la epidural. 

-¿Qué gano si me la pongo? 
- No sentirás nada de dolor pero te costará más empujar.
- ¿Tardaré más?
- Probablemtente. Sí.
-¿Tú qué harías?

Recuerdo que me sonrió y se agachó a mi lado para hablarme.

-Tienes que decidirlo tú. Vas muy bien. Puede que no tardes mucho más, pero te va a doler mucho todavía. Con la epidural no sentirás dolor pero no será fácil empujar.
- Vamos entonces.
-¿Sin epidural?
- Iré más rápido.

Mariquilla la rápida. Eso me decía Eli y vaya que sí. Muy rápida he ido yo por la vida...

La doctora se puso contenta. Lo vi. Sonrió, me apretó la mano y se puso delante de todas mis...bondades, lista para coger a mi hija en cuanto asomara la cabeza.
Empujé y me dejé los brazos de tanto agarrarme a los hierros de la cama. 
Entonces me acordé de la hora. Debía ser muy tarde. Muy tarde...Tenía un reloj justo detrás de mí así que dejé caer la cabeza hacia atrás y vi que ya pasaban de las 00:00. Ya era día 7. Lo sabía. Anaïs nacería el día 7 del mes 7. El siete. Lo dije cuando supe que sería niña. El 7 es mi número, es un buen número. Siempre suceden cosas importantes el día 7. Y ella iba a hacer doblete.
Eran las 00:15 y a las 00:25 salió disparada como un pez escurridizo y caliente. 
Justo entonces dejaron entrar a mi madre que vio como se llevaban a la pequeña después de colocarla unos segundos encima de mí. Yo estaba con las piernas colgando todavía, con sangre por todos lados y escuchando atentamente la explicación de Alba sobre mi placenta, la cual , sostenía en sus manos. 

No olvidaré jamás la primera frase que dijo mi madre:

- Mari, por Dios, ¿qué haces ahí ensangrentada?

Y acto seguido la sentaron en una silla porque empezó a marearse.

- Calderas. ¿No sientes los golpes? No te jode. Qué voy a hacer... Acabo de parir.

Entiendo que se refería a qué como podía estar allí tumbada, de esa guisa y tocando y mirando la placenta mientras me cosían los 3 puntos que me dieron.

Un parto de libro. Vaya que sí. Alba me dijo que hacía años que no tenía un parto así. Tan fácil, tan bueno, tan bonito. Me había portado de 10.
Vaya, vaya... Iba yo toda orgullosa, agotada y hecha un cromo, diciendo que hasta por el pepe sacaba matrícula de honor. 

No quiero olvidar aquel día.. El día que di a luz. Un día que no repetiré nunca más. Sin embargo, es curiosa la vida. Hoy mi hijo cumple 5 meses. Y yo, el 6 de febrero estaba igual o peor que mi madre aquel 7 de julio.

Cuando me encerré en el baño de casa de mis padres una noche de octubre y me hice por tercera vez el predictor, supe que iba a haber un antes y un después en mi vida. En todos mis sueños, mis planes, mis metas, mis deseos, mis miedos, mis ilusiones, mis costumbres y prioridades. No sabía hacia dónde me dirigía, no me lo planteé. Estaba embarazada así que iba a ser mamá. Era fácil. Y lo dice alguien que ha defendido y defiende el aborto. Pero es mi historia y en mi historia, no cabía esa opción.
Iba a tener una niña. Se iba a llamar Anaïs. Y me iba a descubrir un nuevo mundo a través de sus ojos.









domingo, 5 de febrero de 2017

Abre los ojos

Sigo pensando a menudo en sus ojos. Aquellos ojos de abismo, oscuros e insondables. Me he preguntado muchas veces si todos los bebés tendrán esos ojos, esa mirada que no mira a ninguna parte, estática y profunda.
Durante el día se difuminaba en un juego de luces y colores. Sus ojos se tornaban grises, a veces casi azules, luminosos. A medida que caía la tarde se oscurecían, pero por la noche eran negros, tanto que la pupila y el iris se fundían y parecían dos canicas negras en mitad de su cara. Me di cuenta la primera noche en casa, cuando se despertó de madrugada y me la llevé al sofá. Me senté con ella en brazos y nos miramos. Creo que esa fue la primera vez que nos miramos. Ella no lloraba. Yo tampoco. Nos mirábamos, aunque ella no me veía. Yo no sabía que los bebés no veían con nitidez hasta pasadas unas semanas pero me lo dijo mi madre antes de que Anaïs naciera. 
Recuerdo que pensé que daba casi miedo una mirada así. Nunca he vuelto a ver unos ojos tan negros, tan hondos. Infinitos.Y pienso en si será esa la única mirada limpia y verdadera que poseemos. Esa que dura tan poco porque en cuanto empezamos a ver y en cuanto entendemos que otro nos ve, hacemos un esfuerzo titánico por recubrir ese abismo.

lunes, 30 de enero de 2017

Palabras 2016

Embrión - blastocisto - transferencia - negativo - baja - ecografía - ventriculomegalia - Vall d'Hebrón - Asir Granollers - Quirón - Diagnóstico fetal - resonancia - neurosonografía - cardiografía - Barcelona -  miedo - fe - confianza - instituto - yoga - Texas - supervisor - adjunta - encargada.

jueves, 26 de enero de 2017

¿Cómo estás?

Estoy bien.
Vivo. Me río todos los días, incluso los días jodidos. Trabajo en un sitio que me gusta con personas que me gustan. Lo que no me convence son algunas reglas, algunas imposiciones. Y las formas. La ineptitud de los que están por arriba y se creen por encima del resto. Puede que sea la única que se cague en la chapa que pone mi nombre y mi cargo. Ya lo he hecho. Defecto con regularidad. Mi nivel de hemoglobina se mantiene estable. Me duele muy poco la cabeza. Paseo bastante. Mantengo mis articulaciones en funcionamiento y sin avería por ahora. Hago un curso de nutrición en Barcelona, lo cual, me aporta tres cosas: paseos en tren, aprender a comer mejor para vivir mejor, y disfrutar de la ciudad a horas en las no solía pisarla. Estoy a punto de ser madre de nuevo. Un niño con nombre de pájaro que me compartirá con la niña con nombre de escritora. Tengo una familia. Amo. Leo. Escribo. Por este orden. Mantengo un círculo social reducido pero sólido. Miro las luces de los aviones todas las  noches. 
El diagnóstico final es de razonable salud mental y física, pero solo si estamos dispuestos a llegar a un acuerdo, claro. 
En realidad deberíamos decir toda esta mierda cuando nos preguntan ¿Qué tal estás, eh?
Somos muy sosos todos. "Bien". Bien está mi gato porque no se está muriendo y otra cosa no puede decirme y tampoco hace falta que me lo diga porque ya lo veo yo. Nosotros podemos decir más cosas.

lunes, 23 de enero de 2017

Perder un cuerpo el equilibrio

Mi amiga L. ha tomado una decisión: acortar el sufrimiento de su madre. No más morfina, no más vías, no más intoxicación de medicamentos, no más resistencia. Cree que caerá de un modo ligero, puede que en 15 días, no muchos más.
Le da miedo el después. ¿Qué es el después? le pregunto. La culpa.
No conozco un acto de amor semejante. 
Es curiosa la vida. Nunca imaginé que podríamos coincidir en el tiempo, así. Su peor momento frente a mi mejor momento. Una vida por otra. 15 días. Justo. Su madre muere/mi hijo nace.
A pesar de todo, el mundo seguirá impasible, ignorándonos, continuando con sus rutinas establecidas: la gente comprará el pan y hablará del tiempo, los niños entrarán al colegio después de la sirena, el cielo se cubrirá de nubes y se abrirán algunos paraguas, alguien correrá porque llega tarde, un gato cruzará la calle y se esconderá debajo de un coche, sonará un teléfono, se besarán en el portal, bajarán una persiana. Nadie sabrá de su pena. Nadie de mi alegría.